He vivido largo tiempo en la tierra de mi madre, en la lejana Lothlórien. Y he venido hace poco, a visitar nuevamente a mi padre. Hacía muchos años que no paseaba en Imladris.
Todo comenzó un caluroso día de verano de 1994, por aquel entonces iba yo a cumplir 8 años. Era otro de los muchos días que iba con mi tío a la biblioteca en busca de un libro para saciar mi ansia lectora. Empecé a recorrer las estanterías de la zona de mitología, no encontré nada, ya los había leído todos; busqué en la zona de ciencia ficción, también los había leído, y lo mismo con la zona de terror y suspense. De repente, volví la vista a un oscuro rinconcito, el más pequeño de toda la biblioteca, era la zona de fantasía épica. Me acerqué más rápida que el rayo y comencé a buscar, todos los libros tenían buena pinta, pero encontré uno que me llamó mucho la atención. Se llamaba El Señor de los Anillos, y estaba escrito por un tal J.R.R. Tolkien, decidí que ese sería el libro que yo me llevaría. Tras una semana en la que solo paraba para comer y dormir (las pocas horas que era capaz, pues el libro me llamaba) logré acabarme el libro, era el mejor que había leído en mi vida, pero no me bastó con eso. Volví a la biblioteca, entregué el libro y la bibliotecaria me habló de dos obras de Tolkien anteriores a esa, El Hobbit y El Silmarillion, no lo pensé dos veces y fui a por ellas. Así pasé aquel verano, devoré los libros de Tolkien, y aún necesitaba más.
Estuve cuatro años investigando (por aquel entonces estaba a punto de cumplir los 12 años), visitando la biblioteca prácticamente todos los fines de semana y días de vacaciones hasta la esperada llegada de internet a mi casa. Una vez tuve esa bendita herramienta en mis manos pasé varias noches y madrugadas buscando cosas sobre Tolkien, su obra y, sobre todo, los idiomas que creó para los Elfos. Un verano entero estuve visitando páginas sobre los idiomas Quenya, Sindarin o Teleri, arrasaba con todo lo que tuviera que ver con Tolkien, igual que una plaga de langostas. Ese año por mi cumpleaños recibí el mejor regalo que me han hecho en mi vida, los libros de Tolkien, El Silmarillion, El Hobbit y El Señor de los Anillos. No dudé ni un segundo y me los volví a leer, me seguían emocionando, incluso más que la primera vez que los había leído.
Y así pasé otros cuatro años navegando por la red de redes (casi con 14 años) cada vez que me era posible e intentando captar adeptos a estos libros en estas lejanas tierras. Resultó que en mi propia clase tenía a una de las mayores adeptas, había pasado nueve años con ella en la misma clase y nunca me había dado cuenta, ella era mi gran amiga Laura, jamás habíamos hablado sobre Tolkien, hasta que un día me vio con uno de los libros en clase y con una carpeta llena de información sobre los libros. Yo estaba haciendo memoria y refrescando mis conocimientos de Tolkien, sólo quedaban dos meses para el estreno de la película, una película que prometía mucho. Desde aquel día Laura y yo en vez de hablar de cualquier cosa o poner verdes a los profesores hablamos de Tolkien. Un buen día, se nos acercó una compañera que había llegado nueva a principio de curso, a decir verdad nunca me había fijado en que existiera, había estado demasiado ocupada con mis repasos. Se presentó, ella era Sara, otra de mis grandes amigas, resultó ser que a ella también le encantaba la obra de Tolkien. Desde ese entonces todos los recreos hemos compartido nuestras opiniones acerca de la obra del maestro. Llegó el ansiado estreno de la película, por su puesto que fuimos, a primera hora, aunque era miércoles y al día siguiente teníamos un examen, pero fuimos igual, nada más salir de clase a las 14:30, lo habíamos planeado hacía ya tiempo, comeríamos un bocadillo en la puerta del cine. Y menos mal que hicimos eso, que sino no hubiéramos tenido entradas, compartimos conversación con unos chicos que vestían de Nazgûl y finalmente vimos la película.
Durante las vacaciones de Navidad nos reunimos cada día en mi casa, como dispongo de varios ordenadores, nos dedicábamos a la investigación. Descubrimos la STE y durante seis meses buscamos un smial aquí, en esta lejana tierra, en Tenerife. Finalmente Sara y Laura se dieron por vencidas, pero yo no, así fue como encontré el smial de mi Valladolid natal. Y bueno, pues aquí estoy.
[N. del E.: finalmente su perseverancia tuvo fruto, y fue una de las fundadoras del flamante smial de Dol Amroth]
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