Mónica Sanz Elanor Findûriel

Pero papá, tú estabas hablando acerca de Lórien -dijo Elanor- y de si mi flor aún crece allí [...] Quiero ver la colina verde y las flores blancas y doradas y oír a los Elfos cantar.

Siendo yo niña, devoré todos los libros que encontraba. Me daba igual si eran para mi edad o no, ensayos, cuentos, poesía... A los 8 años le había dado la vuelta a todos los de mi cuarto, incluso los que heredé de mis hermanos. Pero seguía teniendo hambre, un hambre tremenda de libros...

Entonces, una tarde, decidí hacer una incursión (al más puro estilo Jack London) a la habitación de mis hermanos mayores. Ambos, que por entonces contaban 11 y 13 años, rara vez me dejaban vía libre a su santuario, salvo alguna que otra llamada donde me sentaban en la cama, me embocaban un mapa entre las manos y me pedían les guiase por un laberinto de pasillos salpicados de monstruos. Aquella habitación llena de mapas en las paredes (La Tierra Media... hmmm), de libros y papeles llenos de dibujos de aterradores monstruos, de dados y cuentas de colores, de un olor a pintura de figuras de plomo... Era un territorio comanche que me asustaba y atraía en la misma medida.

Aprovechando que mis hermanos habían salido, me metí en su habitación y en media décima de segundo agarré el primer libro que pude de la estantería y salí corriendo a encerrarme en mi habitación. ¡El corazón me latía a mil por hora! Pero al fin tenía un botín: un pequeño libro azul. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, porque el título en el canto estaba borrado por el uso, pero algo me había hecho cogerlo: un sonido de cascabel, un calor especial, una luz en las páginas...

Antes de nada, me encanta oler los libros. Y, aún sin leer ni una sola palabra, rasgueé el canto de las páginas para que su olor saliera a la superficie. Sentada de espaldas a la puerta, en el suelo, recibí su aroma como una ráfaga en mi rostro: hojas frescas, agua, roca y tierra mojada; el olor de un hogar extrañamente familiar y el requemado aliento del fuego sobre el oro...

Bueno, cuando abrí el libro mis dudas no se disiparon: ¿"El Hobbit"? ¿Qué demonios significaba eso?. Y entonces sucedió: di la vuelta a la primera página... y quedé atrapada para toda la eternidad...

El libro me perseguía. Ya fuera en la habitación, en clase, en el recreo, en el campo, en la noche... ¡El maldito libro azul no me dejaba en paz! Me atormentaban sus montañas, sus ríos, su bosque repleto de arañas siniestras... Me deslumbraba su sol, me aterraba su noche...

Y gracias al Hobbit, ya con 13 años, llegó a mí en clase de no-religión "El Señor de los Anillos", un tomo negro con tapas doradas que me trajo una profesora para matar el tiempo y al verme leer el librito azul (Gracias, Doña Fuencisla, ¡tú apretaste mis grilletes en la trampa mortal de los 8 años!)

El olor de este libro era diferente: un olor a libro antiguo, más antiguo que la misma Tierra; un olor a velocidad y paisajes, un olor a hierba... para pipa y a sangre reseca en heridas críticas. Olor a nacimiento y olor a apocalipsis, el olor de un recién nacido sobre las lápidas de sus antepasados.

Pero más que un olor, o el crepitar de las páginas, lo que me trajo fue un bramido, un ritmo: el sonido rugiente de todo un planeta en titánica rotación, el romper del mar en los acantilados, el fragor de la batalla en las áridas llanuras.

Sobran las palabras para describir lo que supuso (y sigue suponiendo) para mí la lectura de La Obra. Es como intentar describir el romper de la vida, el discurrir de la edad y el suave devenir de la muerte.

En un mes y medio aproximadamente me lo había leído y repasado. Me perseguía igual que su hermano: por el colegio, por las tardes durante las tareas, en la noche bajo las sábanas con una linterna (cuántos capones me habré llevado por su culpa, mis "heridas de guerra" particulares), enferma en el hospital fui herida con la hoja de Morgul, y de nuevo ascendí el Monte del Destino... Fue mi pulsión vital, el ritmo de mi corazón y el compás de mi aliento...

Detrás de él, con suaves pisadas y sin hacer apenas ruido, vinieron sus hermanos, abuelos, parientes cercanos... Incluso algún que otro primo lejano petardo... Y el Gran Maestro vino con todos ellos, pidiéndoles que se comportaran y no dieran demasiada guerra. Dando voz a sus palabras y sentido a sus ambigüedades...

Años más tarde, ya con 21, me enteré de la existencia de la Sociedad Tolkien Española. Como es natural, en mi ciudad estas cosas no existían; así que una pequeña y asustadiza hobbit como yo, dejó su casa para viajar a Valladolid-Imladris donde al fin, pude respirar con libertad con mis ansias Tolkien.

Tan tarde para la hora de mi corazón... Pero aquí estoy, dispuesta a rellenar todas las habitaciones que Tolkien dejó abiertas en mi mente con una sonrisa pícara en sus labios... Con ayuda de mis amigos del smial, por supuesto, y el apoyo de toda una Sociedad para saciar mi hambre...


Alguna de mis obras que puedes encontrar en estas páginas son:



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